Nacer, sangrar, cuidar, resistir.

Que vivimos en un mundo patriarcal ya lo sabemos, pero cada día estoy más convencida de que también es un mundo que maltrata a las mujeres, aunque lo haga de forma silenciosa y estructural.
Y no es casualidad: el patriarcado y el maltrato sistémico van de la mano.
En los inicios del movimiento feminista se nos convenció de que la libertad consistía en ser “iguales” a los hombres y trabajar fuera de casa. Se crearon empleos para nosotras, sí, pero también se nos cargó con una doble jornada: la laboral y la doméstica. Más de un siglo después seguimos hablando de corresponsabilidad familiar, intentando que los hombres participen en las tareas del hogar y el cuidado de los hijos.
Pero la corresponsabilidad es solo la nueva versión del mismo engaño: no elimina nuestra carga biológica, solo intenta equilibrar las horas de trabajo en un sistema que sigue diseñado desde un cuerpo masculino.
Hoy, mientras me duele el cuerpo por la menstruación, mientras leo sobre los cambios físicos y hormonales de la perimenopausia —pérdida de colágeno, de masa muscular, alteraciones del sueño y del ánimo, disminución de la densidad ósea— me doy cuenta de algo: nos están maltratando desde hace más de cien años.
Trabajamos más que muchos hombres (dentro y fuera de casa), cobramos menos —la brecha salarial media en España ronda el 18%, según el INE— y, además, convivimos con procesos fisiológicos que la sociedad sigue ignorando:
La menstruación, con dolor, inflamación, fatiga y fluctuaciones hormonales que afectan la energía y la concentración. La OMS estima que un 20% de las mujeres sufre dismenorrea incapacitante, y aun así, la mayoría acude a trabajar.
La gestación, que no solo transforma el cuerpo externamente, sino que reordena por completo nuestros órganos, el flujo sanguíneo y el sistema hormonal para sostener una nueva vida. Se calcula que el gasto energético durante el embarazo aumenta más de un 20% diario, además de dejar secuelas físicas y metabólicas duraderas.
La menopausia, una transición que reduce los estrógenos y provoca pérdida de calcio, masa muscular, elasticidad y energía. Los estudios médicos demuestran que tras la menopausia, el riesgo de osteoporosis y enfermedades cardiovasculares se dispara.
Y pese a todo esto, se nos exige el mismo rendimiento, los mismos horarios, la misma fortaleza física y emocional que a los hombres.
Mientras tanto, los machirulos de turno siguen diciendo que somos “demasiado emocionales”, como si las emociones fueran un defecto o como si ellos estuvieran libres de ellas.
Debería reconocerse, científica y socialmente, que nuestro cuerpo no funciona igual. Que nuestros ciclos hormonales no son una debilidad, sino una realidad biológica que merece respeto.
Deberíamos poder jubilarnos antes, porque el cuerpo femenino se desgasta antes y de forma distinta.
Deberíamos tener días de descanso menstrual, sin tener que pedir una baja médica para algo que no es una enfermedad, sino parte de nuestra naturaleza.
Y, sobre todo, deberíamos ser cuidadas —por la sociedad y por la política— como seres capaces de crear y sostener la vida, no solo como trabajadoras que deben rendir igual que ellos.
Quizá el verdadero feminismo no sea querer igualarmos a los hombres, sino exigir un mundo que nos respete tal como somos, con todo lo que implica habitar un cuerpo femenino.

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